miércoles, 8 de agosto de 2012

La resonancia Faulkner


(Texto leído el 11 de julio pasado en Bellas Artes, en la charla "Para leer a Faulkner".)




Midnight in Paris es la penúltima cinta de Woody Allen, una de las peores del director ahora reconvertido en maquilador de vídeos turísticos para la devaluada Europa. En ella no sale William Faulkner, quien hace unos días de cumplió medio siglo de muerto (motivo que nos reúne): un fallecimiento que, como Javier Marías apunta, por un error del destino, no fue como Faulkner hubiera querido que fuera (montando a caballo): en su larga vejez, se la pasó a lomos de uno, hasta que lo tiró, pero como la caída no fue moral, comenzó a beber de nuevo, y así atrajó el paro cardíaco que terminó por separarle de su amado y odiado Misisipi.

Hemingway sí que sale en Midnight in Paris: en todo momento pide un contrincante, sea un boxeador o un toro, y es divertido y ocurrente; no como el sureño, que ni siquiera en su discurso de entrega del Nobel fue capaz de elevar la voz. Faulkner es patético: buscó a lomos de un caballo una muerte a La viejo y el mar, y terminó en una muerte faulkneriana: “Cuando un hombre empieza a trazar un plan, piensa que traza un plan, cuando todo lo que hace es abrir las puertas a la desdicha”. Tienes razón, Woody: incluirlo en esas felices noches del Paris de la treintena habría sido letal.

Creo, además, que la exclusión de Faulkner en esta cinta (pese a que su ganó la vida como guionista a sueldo del Hollywood dorado) se debe a que vivimos tiempos hemingwayianos en la literatura (y en el mundo, si me lo preguntan).

Con esto no quiero ofender a los fans del autor de ¿Por quién doblan las campanas? que por algún error faulkneriano se encuentran entre nosotros esta tarde. Finalmente, la caricatura que Allen muestra de Hemingway es el fruto de sus malas lecturas, del mismo modo que las malas lecturas que imperan sobre Faulkner (y que lo reducen a un sureño misántropo y alcohólico) se reflejan el retrato que del autor de El sonido y la Furia hacen los hermanos Cohen en Barton Fink.

Vivimos, pues, en tiempos hemingwayanos en los que impera sobre la escritura y los libros (y la vida, si me lo preguntan) lo que creemos que Hemingway escribió: un código deontológico macerado en la más pura virilidad desatada: las frases telegráficas, el mundo como un reto que se resuelve a punta de feromona, el hombre que se enfrenta a una naturaleza que neciamente se niega a doblegarse, la vida como una corrida de toros (y en este última frase debe leerse con el sentido que dan los españoles a la palabra “corrida”).  
Dentro de ese contexto, nos reunimos para celebrar la obra de un escritor que celebra la derrota en todas sus formas: la del aristocrático sur, la del ideal americano, la de la naturaleza irredenta, la del hombre, la de sí mismo como escritor. Es casi como una reunión de votantes de JVM.

¿Por qué creo necesaria la irrupción de Faulkner como un bello cadáver en un tiempo en que el éxito consiste en arrancar la victoria a toda costa, bajo cualquier método? ¿Por qué Faulkner cuando el exitismo es la única forma de sobrevivencia, cuando creemos que ponerse el cañón de la escopeta en la boca es el mejor de los finales?

Por su resonancia.

Con la resonancia no me refiero a las exuberantes construcciones de Faulkner, que el lugar común hemingwayano señala como “difíciles”, tanto por su extensión como por su complejidad conceptual (el sureño recoge los frutos del monólogo interior de Joyce, y lo supera).
Con resonancia tampoco me refiero al lugar común que los señala como padre de los autores del boom: un vínculo pergeñado por cierta crítica española que no ha leyó ni a Juan Benet ni a Si te dicen que caí de Juan Marsé.

Con resonancia me refiere al que me parece el tema central y la técnica esencial de la prosa faulkneriano, del alma de Faulkner: la persistencia de los humildes.

Mientras agonizo, el título de su quinta novela (1930) se toma de un fragmento de La Iliada en el que Agamenón dice “Yo elevaba mis manos y las batía sobre el suelo, muriendo con la espada clavada”. En alguna parte de la novela, se describe a los Bourden, la familia que no se conmueve ante la muerte de su matriarca, como una estirpe que llevaba “toda la vida preparándose para estar mucho tiempo muerta”. En la obra de Faulkner, si los personajes se llevan un rifle a la boca, la resonancia de su acto pervive más allá de la muerte y en lugar de la muerte.

En Los invictos (1938), cuando el pequeño protagonista se entera de que los yanquis se acercan a la plantación de su familia, decide defender a su pequeño criado negro de la emancipación: un sueño le advierte que vagarían por siempre, sin encontrar un hogar, pues ambos serían libres. Juntos, cargan con una escopeta y disparan al primer soldado que avistan. Huyen y se esconden bajo las faldas de su nana. El tiempo que transcurre entre el momento en que el ejército revisa la casa en su búsqueda y cuando un coronel revela que sólo mataron al caballo del soldado, el niño reconoce que han vivido sumergido en la resonancia del disparo. Su acto de valor en la cobardía ha devorado el tiempo.

Si me lo preguntan, el tema central de las obras de Faulkner es este: personajes que tienen un momento de valor en su más alta cobardía, y deben vivir el resto de su vida bajo la resonancia de ese acto. Se han preparado para agonizar toda la vida con la espada clavada. Morir de un paro cardiaco no importa poco si cediste al apremio de montar el Caballo: la resonancia del trote ha de consumir lo que resta del mundo.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel en 1950, dice:

“Es harto simple decir que el hombre es inmortal sencillamente porque prevalecerá, porque cuando el eco de la última campanada del juicio se haya apagado en la última y más miserable roca, vacilante, aunque ya no le sacuda la marea, en el último crepúsculo rojizo y agonizante, aún entonces habrá un sonido más: el de la mezquina pero inextinguible voz humana que seguirá hablando y hablando. Lo que yo creo es algo más. Creo que el hombre no sólo perdurará, sino que prevalecerá. Es inmortal, no porque sea la única criatura que tiene una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia...”.

“Resistencia”. Aquellos que hayan ido a talleres de cuento recordarán la máxima de Cortázar al referirse a Hemingway: “El cuento debe ganar al lector por nocaut”. En el relato de Faulkner, hombre y destino empatan la decisión técnica del lector.

Esta resonancia moral y existencial necesariamente debía afectar el estilo del autor: de ahí sus paisajes telúricos, sus descripciones que funden psique y paisaje, sus arremolinados monólogos interiores. Si Hemingway oculta el iceberg, Faulkner nos prepara una vasta copa para que  lo bebamos con güisqui.
Creo que el mejor ejemplo de la resonancia faulkneriana se encuentra en esos dos relatos gemelos de Desciende Móises (1942): Lion y El oso. Ambos relatos están protagonizados por animales, y son los animales los que tienen ese último acto de valor en la cobardía que sacude al mundo y a los hombres que le acompañan.

Lion es un perro mítico que el coronel de Spain reserva para cazar la pieza más preciada del bosque: Old Ben, un oso con una pata mutilada, legendario por su fiereza y astucia. También es el perro más amado por el criado mayor de Spain: el indio Boon, cuyos ojos “eran como botones de zapato, sin profundidad ni mezquindad ni generosidad ni perversidad ni bondad ni nada en absoluto. Eran simplemente algo con lo que podía ver”.

Sin embargo, no eran tan buenos para ver: la puntería de Boon era fatal. De modo que cuando finalmente se encuentran frente al oso, Boon falla el tiro, duda, y Lion se le adelanta. A pesar del cuchillo del indio, el perro es despedazado al pie de un gomero. El relato termina con el indio fallando un tiro tras otro al intentar masacrar a las ardillas que pueblan el árbol a cuyo pie murió el perro. La resonancia de los tiros no opaca la del acto de valor de Lion, que superó al hombre en el momento de la prueba definitiva.

En El Oso, Faulkner narra la misma anécdota, pero esta vez el protagonista es un niño que entre los 10 y los 14 años persigue al oso. En este caso, Old Ben ha crecido hasta convertirse no en una  “criatura viviente, sino en  la propia inmensidad salvaje”. El niño persigue al oso entre los poblados que devoran al bosque, maravillado de que a sólo unos metros de ese renuente paladín de la naturaleza, haya calles y gente. Sin embargo, el oso no se deja matar. Boon, esta vez convertido en un consejero espiritual, recomienda al niño que consiga un perro, uno que viviera “posponiendo todo lo posible la necesidad de ser valiente, sabiendo todo el tiempo que tarde o temprano tendría que ser valiente al menos una vez para seguir viviendo en paz consigo misma, y sabiendo siempre de antemano lo que le iba a suceder cuando lo hiciera”. Hacia el final del relato, el niño comprende que para cazar a Old Ben no hacían falta armas ni brújulas sino el orgullo de lo más humilde: un perro.

Cuando niño y perro se enfrentan al oso, al niño le parece leer los pensamientos de su mascota al plantar cara a las garras: “No puedo ser peligroso, porque no hay nada mucho más pequeño que yo mismo; no puedo ser fiero, porque dirán que sólo es ruido; no puedo ser humilde, porque ya estoy demasiado cerca del suelo como para doblar la rodilla; no puedo ser orgulloso, porque tampoco puedo estar tan cerca del suelo como para saber quién proyecta una sombra, y ni siquiera sé que no voy a ir al cielo, porque han decidido que no poseo un alma inmortal. Así que lo único que puedo es ser valiente. Pero está bien. Puedo serlo, aunque sigan diciendo que sólo es ruido.”

Perro, oso y niño sobreviven al encuentro tras una mirada. En la resonancia de su silenciosa batalla, comprendemos que orgullo y humildad son lo mismo, y que si se poseen, el valor sobra. Esa, para Faulkner, es la más grande de las enseñanzas.

“Es un privilegio aligerar el corazón del hombre para ayudarlo a resistir, al recordarle el valor y honor y orgullo y esperanza y compasión y caridad y sacrificio que han sido la gloria de su pasado. No es necesario que la voz del poeta sea un mero registro del hombre, puede ser uno de los apoyos, de los pilares para ayudarlo a perdurar y a prevalecer.”, nuevamente, en su discurso de aceptación del Nobel. Y  sigue: “Nuestra tragedia hoy es un miedo físico general y universal, sostenido por tanto tiempo que incluso podemos sopesarlo. Ya no hay más problemas del espíritu. Sólo existe la pregunta: ¿Cuándo me barrerán? Por ese motivo, el hombre o mujer joven que escribe hoy ha olvidado el problema del conflicto del corazón humano consigo mismo, que es lo único que puede lograr la buena escritura porque es lo único sobre lo que vale la pena escribir; sólo eso merece el sudor y la agonía.”

El sudor y la agonía. Los tiempos hemingwayanos que corren nos reclaman el acto de valor y de hombría que nos encumbre por encima del resto de la humanidad. Sumergidos en ellos, debemos leer a Faulkner, aprender el duro aprendizaje de la existencia sin valor y de la agonía tras el valor, debemos escribir como Faulkner, para dar resonancia a las voces calladas de quien resiste aferrado a las certidumbres del corazón, sean las del corazón de un oso, de un niño o de un perro.

lunes, 2 de julio de 2012

Nosotros no perdimos: ustedes ganaron


Los resultados están a la vista. Sin embargo, la lectura que el exitismo (la filosofía que hemos de tragarnos los próximos seis años) es muy diferente de la que, creo, debería hacerse del voto emitido por los mexicanos y las mexicanas.



1. “Asuman su derrota”. El comentario más copiapegado de las redes sociales (si bien después de escucharlo de su columnista favorito, cada uno de los corifeos le dio su estilo) es el que ordena que López Obrador asuma la derrota y no alebreste a las masas no-pensantes: El ”Un buen demócrata sabe perder”.

El punto es que estas elecciones no son un partido de fútbol (en donde el marcador es definitivo, pero se basa en algo tan elemental como clavar un balón en una portería, y no en millones de votos, cada uno de ellos una manifestación de deseo). Tampoco es que un proceso democrático puede operar sobre la base de la honra del macho herido. En toda elección (incluso en las más transparentes) no sólo es plausible sino deseable que la facción con menos votos impugne los resultados. 

Es el derecho de Obrador que se resuelva sobre las supuestas irregularidades detectadas por ciudadano, y ha dicho que se atiene a los recursos que la ley pone en su manos para hacerlo. ¿Por qué no habría de hacerlo? Es legal y necesario. 

2. “Los dos dígitos”. Al momento de terminar el conteo rápido (PREP), Peña Nieto supera López Obrador por poco más de 6,5% de los votos, y nos por los dos dígitos que le daban las encuestas privadas. Esto habla de la ineficiencia de las encuestas como reflejo de tendencias y de la parcialidad que las convirtió en herramientas propagandísticas (y en esto incluyo a las que daban como ganador a AMLO). Es necesaria revisar la forma en que se realizan y considerar su supresión.

3. “El fraude”. Incluso considerando la posibilidad de que se invalide cada uno de los tres millones de votos que la izquierda asume como “votos comprados” (con efectivo, despensas, promesas de servicios...) y se sumasen a los supuestos dos millones de votos que por una u otra razón no se pudieron emitir (en el caso de que favorecieran a AMLO), no se revertería la tendencia que favorece a Peña Nieto.

Si su descrédito es justo o injusto, a un organismo le corresponde validarse con los hechos, y mal lo ha hecho el IFE: el machacón sonsonete de que un fraude era imposible, el apresuramiento en dar los resultados, la reducción de las inconformidades y denuncias a la etiqueta de “mínimos incidentes” (usando el término con el que Peña Nieto se refiere a los asesinatos y las violaciones cometidos por las fuerzas de la Ley en el episodio de Atenco) mantienen al Instituto en la férrea ceguera de un burocratismo que se siente ungido de honorabilidad por el mero hecho de enunciarla.

4. “Ganamos”. A pesar de que los medios se han cebado con las declaraciones realizadas el día de hoy por López Obrador tachándolas en el mejor de los casos de necedades y en el más común de amenazas veladas, el ex candidato ha dicho que se apegará a la ley, y que no saldrá a las calles. Sin embargo, ha señalado que no es suya la responsabilidad de sofocar la indignación que campea en otros sectores.

5. Con lo que... En lo que a mí respecta, no pienso salir a la calle a defender a López Obrador. Le di mi voto, y esa fue mi defensa. El hecho de que el electorado prefiriese otra alternativa sólo confirma el imperio del rating. No, no es ilegal que los medios apoyen a un candidato y que los votantes prefieran a quien les entrega una despensa, pero carece de ética. ¿Qué valor tiene una victoria así? El del peso que pedían por la edición de El Universal que daba como ganador a Peña Nieto a las nueve de la noche, con menos de un 5% del PREP.

Saldré a la calle o me quedare en casa, por otras razones. 

En lo que a mí toca, ustedes ganaron, nosotros no perdimos. No los veo celebrando, ni admitiendo su voto por Peña Nieto: incluso en su triunfo, apoyan al mexiquense desde la defenestración de López Obrador. 

Nosotros, sin embargo, celebramos: es tiempo de volver a trabajar en esa alternativa que no nos avergüenza. Es tiempo de ser los críticos de lo que ustedes eligieron. Es hora de vivir entre ustedes, tan poco generosos a la hora de ganar: se la pasaron hablando de la importancia de no dividir al país y del respeto, pero a la hora de suprimir a quien no piensa como y con ustedes, dejan caer el pito sobre el teclado con una furia enternecedora. 

Es hora de aprender a sobrevivir en los seis años de tedio que (en el mejor de los casos) nos han regalado. 

Y lo haremos.

domingo, 1 de julio de 2012

Voy a votar en Coacalco


En unas horas voy a hacer el viaje a Coacalco para votar. Haré ese viaje sobre una pecera, hacinado entre otros pasajeros que saben que es muy probable que nos asalten o que la combi choque, sin que contemos ni en uno ni en otro caso con seguros que nos protejan ante eventualidades que son lo de más cotidiano en ese estado que es herencia pura del peñanietismo. 

¿Policías? El día en que murió mi padre, ella hizo el viaje de regreso a su casa sola, y una patrulla la paró, con el pretexto de un faro. El agente le dijo que los agentes del Estado “somos los más cabrones”, y al ver que viajaba sola intentó hacerla conducir hasta un páramo en sombras. 

Hace unos meses, mi hermana, que trabaja en un servicio de distribución a bordo de una camioneta, pidió auxilio por teléfono: un auto con hombres armados había intentado hacerla parar. Los uniformados tardaron una hora en llegar, y se negaron a escoltarla. Hace dos meses la asaltaron a unas calles de la casa de mi madre, y a una cinco minutos de una central de la policía.

Para evitar ese traslado riesgoso, hace una semana tomé un taxi desde la estación del tren suburbano. Cuando le conté al chofer, por dar charla, que mi familia trabajaba en el ramo del transporte, me suplicó que les dijera que abandonase ese empleo: acaba de regresar de buscar a su hermano en Michoacán. Un chófer de tráiler al que la justicia del Estado de México no hizo nada por buscar (los agentes le pedían viáticos para hacer pesquisas). Un par de llamadas bastaron para saber en dónde había sido visto por última vez el tráiler. Realizó el viaje a ese pueblo michoacano, y halló el vehículo, a medio desmantelar, en el patio de un taller. El dueño del taller se negó a darle razones sobre el paradero de su hermano. Cuando fue a buscar a la policía del lugar, primero se negaron, luego se tomaron unas horas, después permanecieron al margen mientras el taxista tocaba la puerta del taller: el tráiler había desaparecido. Insistió. Apenas entrar al taller, notó que la tierra estaba removida. Los policías le vieron cavar: el tráiler estaba sepultado. Unos meses después el dueño del taller salió libre tras el pago de una fianza de 600 mil pesos: el costo de un tráiler. Hasta el momento en que aborde su taxi no sabía del paradero de su hermano. Tres meses después de su visita a Michoacán balearon su auto en la carretera a Texcoco.

Cerca de la casa de mi madre, a la vera de una milpa nutrida con aguas residuales, amaneció un perro decapitado. Un rotweiler.

A unos minutos, siguiendo la López Portillo, se extienden, una tras de otra, las fachadas de negocios cerrados. Los que perduran, en su mayoría, son casas de empeño. De seguir de largo se llega al Templo de la Santa Muerte: una efigie enorme en capucha y rostro descarnado de cartón piedra se levanta entre casas reconvertidas en table dance.

Para pasar de un lado a otro de la López Portillo, mi madre (a sus más de sesenta años) debe atravesar puentes que se bambolean. Los arquitectos, por alguna razón, decidieron desechar las escaleras e incluir rampas sustentadas sobre vigas: el espacio para circular obliga a ir agachado o a caminar en un extremo de la rampa. Este modelo de puente se repite a lo largo de toda la vía. En las ocasiones en que el sitio elegido para construir el puente se levantaba un poste con cables del tendido eléctrico, las rampas se construyeron alrededor del poste. Hay un caso en que los cables se hunden de un lado del concreto, y salen del otro. En otro, hay que vadear un transformador para subir al puente. Estos puentes, según la página de logros de Enrique Peña Nieto, benefícían a 600 mil personas.

Cuando en unas horas llegue a Coacalco, no voy a votar por Enrique Peña Nieto, quien en más de una vez ha dicho que a él se deben los logros en el Estado de México. Me la suda si Televisa o y su aparato mediático han intentado o no imponerlo. Me basta con lo que veo y mi familia tiene que padecer. Votar por él o no votar en su contra me haría cómplice de un estado de las cosas que busca excluirles, exterminarles.

Cuando en unas horas llegue a Coacalco, no voy a votar por Josefina Vázquez Mota. El daño que ha hecho al feminismo y la búsqueda de la equidad de género con su reducción de sus atributos al de ser “una mujer” es similar al que los seguidores de Peña Nieto han infringido a la inteligencia del debate político. Si no votamos por una mujer, somos machos que no merecemos el sexo. Si no votamos por Peña Nieto, si nos atrevemos a enunciar una crítica, somos intolerantes, amantes de la violencia, pejezombis.

Cuando en unas horas llegue a Coacalco, no voy a votar por Quadri. Reviste los peores vicios de la clase que se llama a sí misma educada: apuntala los prejuicios de clase y el mercantilismo con un discurso pseudocientífico y “provocador”. La mera existencia de su plataforma es una burla para quien desea un debate serio e informado. 

Cuando llegue a Coacalco, no voy a votar por Andrés M. López Obrador. Su discurso está enclavado en una izquierda que se ha negado no sólo a modernizar sus métodos: sigue creyendo que la indignación y la honestidad personal son valores absolutos. Que un movimiento espontaneo y elemental en sus demandas como el 132 le haya rebasado no habla muy bien de su discurso ni de sus propuestas.


Cuando llegue a Coacalco, voy a votar por la plataforma de López Obrador, por su gabinete, porque sólo detrás suyo se atisba un cambio de un modelo ineficiente: una lucha contra el crimen que acumula el doble de muertos que la dictadura argentina; una batalla que se ha realizado, en buena medida, a través de la criminalización de los jóvenes y de los pobres; un mediocre crecimiento económico (las principales empresas de la Bolsa Mexicana juntas velan menos que Apple); un mercado laboral que excluye a los jóvenes y obliga a la población no cualificada a trabajos en términos precarios y de semiesclavitud.

Voy a votar por López Obrador porque al hacerlo voto a favor de mi madre, de la mujer que amo, de mi hermana, de mis sobrinos; voto a mi favor y de la oportunidad de que cada uno de ellos sea feliz, esté seguro, tenga un sitio en el mundo.

Si todo esto no contase (ni los puentes, ni los perros decapitados, ni los tráilers sepultados), votaría por López Obrador sólo por los enemigos que tiene, los que seguramente esta noche van a celebrar. Mi celebración, desde el momento en que me declaré pejezombi, es no contarme entre sus filas. La victoria, esta vez, consiste en abrir los ojos.

Voy a votar por López Obrador porque no me importa perder: sea cual sea el resultado de la elección para mí el panorama será el mismo. Gané o no la apuesta por la que apuesto, el lunes 2 de julio será el principio de un trabajo terrible, titánico, pero feliz. A favor o en contra de un modelo de país, pero feliz.

Nos vemos en seis años. Carece de importancia quién de nosotros tenia la razón: es hora de despertar en el país que deseamos.

viernes, 8 de junio de 2012

La estrella y el astronauta


Matt Page


Para mí, si me lo preguntan, todo comenzó sentado en el regazo de mi madre, frente a la televisión,  ese aparato que Ray Bradbury detestó y combatió tanto, y que en mi descargo debo decir que era en blanco y negro.

Recuerdo vagamente que todo pasó muy tarde. Era mi privilegio ver la televisión a altas horas con mi madre, en ese momento en que todo es en blanco y negro.

Hasta donde puedo evocar, no había libros en mi casa.

Ignoro cómo llegamos ahí: en esos tiempos no existían los controles remotos, y zapear de un canal a otro requería de un esfuerzo más bien imposible si  mi madre me tenía en su regazo, y la televisión se erguía a unos buenos pasos de nosotros. Pero fue así: recuerdo la tele a mitad del cuarto, a mí en él regazo de mi madre, y a un hombre que dentro de la pantalla estaba como nosotros. Sentado, sólo frente a la cámara, en un estudio vacío, con un libro entre sus manos.

¿Por qué veíamos a un hombre sentado en un estudio vacío? No lo sé, pero se veía muy cómodo, y feliz. Recuerdo que tenía botas, y un pie en el piso, y el otro sobre uno de los travesaños de la silla, y que sonreía, aunque estaba leyendo. Sonreía sin sonreír, que es del único modo en que se puede leer en voz alta.

No recuerdo la edad que tenía en ese momento, pero si cada una de las palabras que Sergio Romano, en un estudio del Canal Once, leyó esa noche. Era un cuento terrible. Un cohete reventaba en la noche, y unos astronautas caían. Uno de ellos, el piloto, tenía la culpa. Recuerdo que lo detesté apenas saberlo, pues todos caían y caían, y se dispersaban entre las estrellas, sin remedio. 

Se iban a morir.

Fue la primera vez en mi vida que recuerdo haber pensado que alguien se iba a morir, sin remedio, más allá de mí mismo. Fue una verdad tan espantosa, me golpeó tan hondamente, que fui incapaz de llorar.

Entonces, cosa extraña, quien contaba el cuento nos decía que sí, se iban a morir, pero que sus muertes iban a ser maravillosas. Uno de ellos, que abrazaba a un muerto, quedaría para siempre girando entre los anillos de Saturno. Otro se iba a la luna. Otro, al sol.

¿Y el piloto?

El piloto iba a caer en la Tierra.

Le gritaron, le insultaron. Le grité, calladamente, en el regazo de mi madre. ¿Cómo? ¿Si él tenía la culpa? ¿Cómo que iba a ser el único en regresar a la Tierra?

Entonces, como si quien contaba el cuento en la voz de Sergio Romano me lo contara a mí, y sólo a mí, el narrador hizo algo que yo creía imposible: entró en la mente de mi enemigo. Y me dijo que ese hombre sufría, que se sabía malo, que nunca había hecho nada por nadie. Yo, hasta entonces, no sabía que mis enemigos (los niños que me molestaban en la escuela, la maestra Chela Cano, los niños de mi calle) podían ser, dentro de sí mismos, buenos, y que tenían miedo.

Y de entre todos, no quise que el astronauta malo se muriera.

Era tarde, claro: caería en la Tierra, pero la fricción... Entonces, como si quien contaba la historia desde una Tierra ajena hubiera sabido que, como pasa en Illinois, en Santa María La Ribera había niños que, sentados en el regazo de su madre, lamentaban la suerte de los astronautas malos, cada uno los otros astronautas aprovechó el último alcance de sus radios, y se despidieron del piloto, y le desearon suerte, y lo perdonaron.

Y antes de entrar en la atmósfera terrena, el astronauta malo pidió hacer algo por alguien, lo que fuera.

Y entonces, porque en toda el Universo hay niños que otean a la noche en blanco y negro sentados en el regazo de su madre, otro niño descubrió una estrella fugaz en el cielo de Illinois. Y su madre lo apuro:

—Pide un deseo...

Recuerdo haber mirado a mi madre, boquiabierto, en la más dulce de las tristezas, y sé que ella, de no haber estado llorando, me habría dicho a su vez: “Pide un deseo”.

El hombre en la tele, por todo comentario, tras el punto final, cerrando el libro, un poco cansado, nos dijo:

—“Caleidoscopio”, Ray Bradbury.


Adiós, amigo, maestro, astronauta.

jueves, 5 de abril de 2012

“You and the land are one”


En compañía de Alejandra , Ana Paula, Miguel , Libia Brenda, Armando, y un breve ejército de gatos (que nos provocó una baja), el fin de semana pasado La Chica del Siglo Pasado y yo asistimos en la KGB a un maratón de, bueno, dos pelis: Excalibur (1981) y Laberinto (1986). La idea era revisar la fantasía de los ochentas, y comer cerdo y flan. Se nos quedaron en pausa El cristal encantado, La princesa prometida, Drangonslayer…, pero hicimos los honores al cerdo al pulque virtuosamente preparado por Libia.

De Laberinto  debemos decir que el paquete de Bowie no ha envejecido, descubrimos al escultor Ron  Mueck bajo el entrañable Ludo, y acordamos que todos queremos un Sir Didymus montado en su Ambrosius.





Excalibur, de John Boorman, nos dejó otras cosas.

Lo primero es que reconocimos (a pesar de los efectos especiales mafufos y el peinado de Geneve, bajo capas y capas de aerosol) que se trata de una de las contadas cintas que se toma en serio y en toda regla la saga Artúrica. Los diálogos no evaden la poesía telúrica del honor y del amor por el honor, y de la única posibilidad del amor: el honor.

Nos conmovimos con las palabras de Perceval en su desesperada búsqueda del Grial: “No me pidas que abandone la esperanza. Es lo único que tengo”.

Es ahí donde sentimos que la apuesta de Boorman tiene su centro: la interpretación que hace del padecimiento de Arturo tras la traición de Geneve y Lancelot. Cuando Perceval, tras pesadillesca búsqueda, le entrega el Grial, y Arturo bebe de su cáliz, el rey comprende que olvidó el secreto que le sustenta: “Yo soy la tierra”. 

Al delegar su culpa en Geneve y su honor en Lancelot, el rey se dejó consumir por las pasiones del hombre, y con ello abandonó a su suerte al reino. Pedro Páramo que se cruza de brazos para que Cómala se muera de hambre. Adriano que llena de estatuas de Antinoo a Roma y reconvierte sus lindes hasta convertir al imperio en un remedo del amante perdido... 

Arturo,pues, debe cabalgar de nuevo, y defender la tierra, como rey, abandonado su lastre egoísta y humano, su cariz domesticado. Esa escena donde los caballeros de la mesa redonda galopan por una desolada Albión, y hacen que la tierra florezca a su paso...


La imagen adquiere un sentido demoledor en este momento en el que vivimos campañas presidenciales en esta, la región más indolente del aire. En sus spots Peña Nieto abraza fans sin guardaespaldas a la vista; Vázquez Mota evita mover la cara para no salirse de los beneficios del photoshop, y AMLO ofrecer su “mano fraterna” convertido en un cariñosito. Los tres en la delicada terea de hacernos creer que no son lo que son y que no hicieron lo que hicieron.

No sé: Ustedes serían la tierra. Hay que joderse. Hay que llorar.

jueves, 1 de marzo de 2012

"Aquí hay dragones"



Gabriela Damián (si, ella) fue invitada a editar un especial para la Revista Digital Universitaria de la UNAM. El tema (ya se podrá intuir) fue la literatura fantástica. La selección de textos no tiene desperdicio. Y no es por que incluya dos textos y un ensayo míos, sino por las presencias que nos rodean con ensayos, relatos y cómics: :BEF, Paola Jauffred, Armando Saldaña, Alejandra Espino, Gilda Manso, Ana Hernández, Miguel Lupián, Karen Chacek, Erika Mergruen, Santiago Velasco....

Se trata (o eso intentamos) de una defensa de la literatura de la imaginación en contra de sus enemigos: el realismo canónico, la crítica aferrada a la sabiduría convencional, la mediocridad literaria y, claro (y sobre todo en México) el horror cotidiano.

Como ella dice en su editorial:

Quienes amamos la literatura que privilegia la imaginación sabemos que unas preocupaciones no son excluyentes de las otras: ni las sirenas ni las naves espaciales están desconectadas del amor, todo monstruo es el guiño de nuestra propia muerte, los viajeros del tiempo van siempre al encuentro de la condición humana. Por eso, en este número de la Revista Digital Universitaria insistiremos en mostrar a los lectores reflexiones e historias que afirman eso que decía J.R.R. Tolkien: “¿Por qué ha de despreciarse a la persona que, estando en prisión, intenta fugarse y regresar a casa? Y en caso de no lograrlo, ¿por qué ha de despreciársele si piensa y habla de otros temas que no sean carceleros y rejas? El mundo exterior no ha dejado de ser real porque el prisionero no pueda verlo. Los críticos confunden la evasión del prisionero con la huida del desertor.
Acompañen nuestra travesía. Será feliz:

Los ensayos
La narrativa

viernes, 24 de febrero de 2012

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Debí haberme llamado Cuauhtémoc. El año en que nací era olímpico. Mi padre practicaba el boxeo de sombra en las calles sin pavimento ni concierto. Llegué a una casa de techos de asbesto y a la vera del Gran Canal. El Kaiser se metía debajo de la cama cuando escuchaba a los fantasmas arañar la puerta de lámina. La explicación eran sencilla: la secular costumbre de los maleantes de arrojar a sus víctimas a las aguas negras. Sin embargo no todos los aparecidos se plegaban a esa lógica: dicen mis tías que por la ventana (sin vidrios, de plástico recubierta) entraba, arrastrando todo los tubos y mangueras con que se había aferrado a la vida, un tío que murió de cáncer, y que de la higuera (plantada por mi abuelo en aquella tierra pestilente) brotaba en ciertas noches una cabeza de la que no sabía que era peor, si su alegre sonrisa o la lengua desmedida, colgante, lasciva. Mi madre aún quería ser maestra rural. Tenía un gato negro que, cuando estaba de malas, decía: “Io sono il diabolo”. No importaba cuán lejos lo iban a tirar: al regreso, mis tíos y mis primos lo encontraban en la puerta, bañándose, mudo hasta el próximo estallido de furia. En las épocas de lluvia una marea oscura, plagada de sapos iridiscentes y perros hinchados, descendía sobre las casas, y era menester comer de pie sobre las mesas. A mi tío Alfredo lo interceptó una banda y tras vaciarle bolsillo y pulmones, lo arrojaron al Canal. Logró salir como pudo, y desnudo y cubierto de mierda, tambaleante, recorrió la calle resplandeciente de vidrios rotos que le separaba de la casa, y tocó a la puerta, desfallido. “¿Quién es?” preguntó mi abuela, y como los dientes flojos y los coágulos impidieron responder a mi tío, abrió la puerta, y la cerró de golpe apenas verlo. Apoyó la espalda contra la lámina, y se puso a gritar: “¡Ánima, camina hacia la luz! ¡Ya no eres de este mundo!” A pesar de los espectros y de las nubes de amoniaco que desteñían la ropa y los semblantes, estaban orgullosos del baño, y es lo que más recuerdan. Era un cubículo sin techo, pero vestido con una puerta de herrería que hallaron enterrada en las lindes blandas del canal. Nunca la describen, y hablan de ella de ese modo en que se habla de lo que nos llena de un orgullo que no puede domesticarse con palabras: a los gestos, con una sonrisa, con una nostalgia inagotable. “El baño”, dicen, nada más.