(Texto leído el 11 de julio pasado en Bellas Artes, en la charla "Para leer a Faulkner".)
Midnight in Paris
es la penúltima cinta de Woody Allen,
una de las peores del director ahora reconvertido en maquilador de vídeos
turísticos para la devaluada Europa. En ella no sale William Faulkner, quien hace unos días de cumplió medio siglo de
muerto (motivo que nos reúne): un fallecimiento que, como Javier Marías apunta, por un error del destino, no fue como Faulkner hubiera querido que fuera (montando
a caballo): en su larga vejez, se la pasó a lomos de uno, hasta que lo tiró,
pero como la caída no fue moral, comenzó a beber de nuevo, y así atrajó el paro
cardíaco que terminó por separarle de su amado y odiado Misisipi.
Hemingway sí que
sale en Midnight in Paris: en todo
momento pide un contrincante, sea un boxeador o un toro, y es divertido y
ocurrente; no como el sureño, que ni siquiera en su discurso de entrega del
Nobel fue capaz de elevar la voz. Faulkner es patético: buscó a lomos de un
caballo una muerte a La viejo y el mar,
y terminó en una muerte faulkneriana: “Cuando
un hombre empieza a trazar un plan, piensa que traza un plan, cuando todo lo
que hace es abrir las puertas a la desdicha”. Tienes razón, Woody:
incluirlo en esas felices noches del Paris de la treintena habría sido letal.
Creo, además, que la exclusión de Faulkner en esta cinta (pese a que su ganó la vida como guionista a
sueldo del Hollywood dorado) se debe a que vivimos tiempos hemingwayianos en la literatura (y en el mundo, si me lo preguntan).
Con esto no quiero ofender a los fans del autor de ¿Por quién doblan las campanas? que por
algún error faulkneriano se encuentran entre nosotros esta tarde. Finalmente,
la caricatura que Allen muestra de Hemingway es el fruto de sus malas
lecturas, del mismo modo que las malas lecturas que imperan sobre Faulkner (y
que lo reducen a un sureño misántropo y alcohólico) se reflejan el retrato que
del autor de El sonido y la Furia
hacen los hermanos Cohen en Barton Fink.
Vivimos, pues, en tiempos hemingwayanos en los que impera sobre la escritura y los libros (y
la vida, si me lo preguntan) lo que creemos que Hemingway escribió: un código
deontológico macerado en la más pura virilidad desatada: las frases
telegráficas, el mundo como un reto que se resuelve a punta de feromona, el
hombre que se enfrenta a una naturaleza que neciamente se niega a doblegarse,
la vida como una corrida de toros (y en este última frase debe leerse con el
sentido que dan los españoles a la palabra “corrida”).
Dentro de ese contexto, nos reunimos para celebrar la obra
de un escritor que celebra la derrota en todas sus formas: la del aristocrático
sur, la del ideal americano, la de la naturaleza irredenta, la del hombre, la
de sí mismo como escritor. Es casi como una reunión de votantes de JVM.
¿Por qué creo necesaria la irrupción de Faulkner como un bello cadáver en un tiempo en que el éxito
consiste en arrancar la victoria a toda costa, bajo cualquier método? ¿Por qué Faulkner cuando el exitismo es la única
forma de sobrevivencia, cuando creemos que ponerse el cañón de la escopeta en
la boca es el mejor de los finales?
Por su resonancia.
Con la resonancia
no me refiero a las exuberantes construcciones de Faulkner, que el lugar común hemingwayano señala como “difíciles”,
tanto por su extensión como por su complejidad conceptual (el sureño recoge los
frutos del monólogo interior de Joyce,
y lo supera).
Con resonancia
tampoco me refiero al lugar común que los señala como padre de los autores del boom: un vínculo pergeñado por cierta
crítica española que no ha leyó ni a Juan
Benet ni a Si te dicen que caí de
Juan Marsé.
Con resonancia me
refiere al que me parece el tema central y la técnica esencial de la prosa
faulkneriano, del alma de Faulkner: la persistencia de los humildes.
Mientras agonizo,
el título de su quinta novela (1930) se toma de un fragmento de La Iliada en el que Agamenón dice “Yo elevaba mis manos y las batía sobre el suelo, muriendo con la
espada clavada”. En alguna parte de la novela, se describe a los Bourden, la familia que no se conmueve
ante la muerte de su matriarca, como una estirpe que llevaba “toda la vida preparándose para estar mucho
tiempo muerta”. En la obra de Faulkner,
si los personajes se llevan un rifle a la boca, la resonancia de su acto
pervive más allá de la muerte y en lugar de la muerte.
En Los invictos
(1938), cuando el pequeño protagonista se entera de que los yanquis se acercan
a la plantación de su familia, decide defender a su pequeño criado negro de la
emancipación: un sueño le advierte que vagarían por siempre, sin encontrar un
hogar, pues ambos serían libres.
Juntos, cargan con una escopeta y disparan al primer soldado que avistan. Huyen
y se esconden bajo las faldas de su nana. El tiempo que transcurre entre el momento
en que el ejército revisa la casa en su búsqueda y cuando un coronel revela que
sólo mataron al caballo del soldado, el niño reconoce que han vivido sumergido
en la resonancia del disparo. Su acto
de valor en la cobardía ha devorado el tiempo.
Si me lo preguntan, el tema central de las obras de Faulkner es este: personajes que tienen un momento de valor en su más alta cobardía, y
deben vivir el resto de su vida bajo la resonancia
de ese acto. Se han preparado para agonizar toda la vida con la espada clavada.
Morir de un paro cardiaco no importa poco si cediste al apremio de montar el Caballo:
la resonancia del trote ha de
consumir lo que resta del mundo.
En su discurso de
aceptación del Premio Nobel en 1950, dice:
“Es harto simple decir
que el hombre es inmortal sencillamente porque prevalecerá, porque cuando el
eco de la última campanada del juicio se haya apagado en la última y más
miserable roca, vacilante, aunque ya no le sacuda la marea, en el último
crepúsculo rojizo y agonizante, aún entonces habrá un sonido más: el de la
mezquina pero inextinguible voz humana que seguirá hablando y hablando. Lo que
yo creo es algo más. Creo que el hombre no sólo perdurará, sino que
prevalecerá. Es inmortal, no porque sea la única criatura que tiene una voz
inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y
sacrificio y resistencia...”.
“Resistencia”.
Aquellos que hayan ido a talleres de cuento recordarán la máxima de Cortázar al referirse a Hemingway: “El cuento debe ganar al
lector por nocaut”. En el relato de Faulkner,
hombre y destino empatan la decisión técnica del lector.
Esta resonancia
moral y existencial necesariamente debía afectar el estilo del autor: de ahí
sus paisajes telúricos, sus descripciones que funden psique y paisaje, sus
arremolinados monólogos interiores. Si Hemingway
oculta el iceberg, Faulkner nos prepara
una vasta copa para que lo bebamos con
güisqui.
Creo que el mejor ejemplo de la resonancia faulkneriana se encuentra en esos dos relatos gemelos de
Desciende Móises (1942): Lion y El oso. Ambos relatos están protagonizados por animales, y son los
animales los que tienen ese último acto de valor en la cobardía que sacude al
mundo y a los hombres que le acompañan.
Lion es un perro
mítico que el coronel de Spain
reserva para cazar la pieza más preciada del bosque: Old Ben, un oso con una pata mutilada, legendario por su fiereza y
astucia. También es el perro más amado por el criado mayor de Spain: el indio Boon, cuyos ojos “eran como botones de zapato, sin profundidad ni mezquindad ni
generosidad ni perversidad ni bondad ni nada en absoluto. Eran simplemente algo
con lo que podía ver”.
Sin embargo, no eran tan buenos para ver: la puntería de Boon era fatal. De modo que cuando
finalmente se encuentran frente al oso, Boon
falla el tiro, duda, y Lion se le
adelanta. A pesar del cuchillo del indio, el perro es despedazado al pie de un
gomero. El relato termina con el indio fallando un tiro tras otro al intentar
masacrar a las ardillas que pueblan el árbol a cuyo pie murió el perro. La resonancia de los tiros no opaca la del
acto de valor de Lion, que superó al
hombre en el momento de la prueba definitiva.
En El Oso, Faulkner narra la misma anécdota, pero
esta vez el protagonista es un niño
que entre los 10 y los 14 años persigue al oso. En este caso, Old Ben ha crecido hasta convertirse no
en una “criatura viviente, sino en la
propia inmensidad salvaje”. El niño persigue al oso entre los poblados que
devoran al bosque, maravillado de que a sólo unos metros de ese renuente
paladín de la naturaleza, haya calles y gente. Sin embargo, el oso no se deja
matar. Boon, esta vez convertido en
un consejero espiritual, recomienda al niño que consiga un perro, uno que
viviera “posponiendo todo lo posible la
necesidad de ser valiente, sabiendo todo el tiempo que tarde o temprano tendría
que ser valiente al menos una vez para seguir viviendo en paz consigo misma, y
sabiendo siempre de antemano lo que le iba a suceder cuando lo hiciera”.
Hacia el final del relato, el niño comprende que para cazar a Old Ben no hacían falta armas ni
brújulas sino el orgullo de lo más humilde: un perro.
Cuando niño y perro se enfrentan al oso, al niño le parece
leer los pensamientos de su mascota al plantar cara a las garras: “No puedo ser peligroso, porque no hay nada mucho
más pequeño que yo mismo; no puedo ser fiero, porque dirán que sólo es ruido;
no puedo ser humilde, porque ya estoy demasiado cerca del suelo como para
doblar la rodilla; no puedo ser orgulloso, porque tampoco puedo estar tan cerca
del suelo como para saber quién proyecta una sombra, y ni siquiera sé que no
voy a ir al cielo, porque han decidido que no poseo un alma inmortal. Así que lo
único que puedo es ser valiente. Pero está bien. Puedo serlo, aunque sigan
diciendo que sólo es ruido.”
Perro, oso y niño sobreviven al encuentro tras una mirada. En
la resonancia de su silenciosa batalla, comprendemos que orgullo y humildad son
lo mismo, y que si se poseen, el valor sobra. Esa, para Faulkner, es la más grande de las enseñanzas.
“Es un privilegio
aligerar el corazón del hombre para ayudarlo a resistir, al recordarle el valor
y honor y orgullo y esperanza y compasión y caridad y sacrificio que han sido
la gloria de su pasado. No es necesario que la voz del poeta sea un mero
registro del hombre, puede ser uno de los apoyos, de los pilares para ayudarlo
a perdurar y a prevalecer.”, nuevamente, en su discurso de aceptación del
Nobel. Y sigue: “Nuestra tragedia hoy es un miedo físico general y universal, sostenido
por tanto tiempo que incluso podemos sopesarlo. Ya no hay más problemas del
espíritu. Sólo existe la pregunta: ¿Cuándo me barrerán? Por ese motivo, el
hombre o mujer joven que escribe hoy ha olvidado el problema del conflicto del
corazón humano consigo mismo, que es lo único que puede lograr la buena
escritura porque es lo único sobre lo que vale la pena escribir; sólo eso
merece el sudor y la agonía.”
El sudor y la agonía. Los tiempos hemingwayanos que corren nos reclaman el acto de valor y de hombría
que nos encumbre por encima del resto de la humanidad. Sumergidos en ellos,
debemos leer a Faulkner, aprender el
duro aprendizaje de la existencia sin valor y de la agonía tras el valor, debemos
escribir como Faulkner, para dar resonancia a las voces calladas de quien
resiste aferrado a las certidumbres del corazón, sean las del corazón de un
oso, de un niño o de un perro.




